Tristeza de amor azulgrana

En un equipo que cuenta con una afición tan exigente y bien acostumbrada como el Barça, los buenos resultados no lo son todo. Tras una victoria o una serie de victorias laboriosas, nunca faltan quienes reprochan al equipo y a sus técnicos la ausencia de virtuosismo, de un juego compacto y demoledor desde el primer minuto. Se basan en el principio de que lo que vale para otros equipos no es de recibo en el Barça, lo que les lleva a desdeñar excelentes resultados, que convierten al conjunto azulgrana en la envidia de sus rivales. Es tradicional que en una familia tan extensa como la azulgrana haya de todo, incluidos quienes por reacciones psicológicas difíciles de explicar, se mortifican con los éxitos de su propio equipo. Dudo que se trate de una simple cuestión de refinamiento exagerado o de impaciencia y, como el fenómeno ya ha surgido en anteriores etapas del club, más bien parece una patología que ataca a un sector del barcelonismo tras el cambio de un entrenador o un presidente carismáticos. No sería difícil encontrar puntos de concordancia entre los insatisfechos de ahora y los que sufrieron esta misma zozobra cuando Johan Cruyff fue despedido o cuando Joan Laporta terminó su mandato. Son formas de tristeza por amor, por la nostalgia del ídolo. Defender apasionadamente unos colores deportivos siempre conlleva ciertas dosis de fundamentalismo, de negación de todos los demás.

Más allá de los respetables criterios subjetivos, el Barça actual presenta unos datos irrefutables. "También lo son los de la Juventus", se me dirá, "y no querremos parecernos a la Juventus". Por supuesto que no, el Barça tiene su propio modelo y son los demás los que tratan de copiarlo, una corriente que se observa en muchos equipos de grandes ligas como la inglesa y la alemana, y que también ha llevado a los mayores éxitos a la selección española. Es verdad que el equipo de Tito Vilanova ha impuesto la fuerza de su superioridad aritmética sin el brillo cegador de otras épocas. Pero al equipo y a su dirección técnica hay que concederles un amplio margen de mejora. El entrenador, que no debe considerarse un recién llegado salvo que se le quiera escatimar cualquier contribución a los éxitos de la etapa anterior, ha superado hasta el momento con acierto un buen número de adversidades, como las bajas de hombres clave, sin que influyeran en los resultados aunque sí repercuten en el estilo del equipo. Yo diría que el Barça no ha alcanzado el nivel de los mejores partidos que disputó bajo la dirección de Guardiola pero está en el nivel medio alto de esa etapa. Aunque esta es una opinión que los descontentos no compartirán.

Si el equipo azulgrana hubiera alcanzado ya su nivel óptimo, si Vilanova no tuviera que recomponer la defensa y pudiera contar con Piqué, Puyol e Iniesta, si Villa estuviera ya a tope y se entendiera mejor con Messi, si Jordi Alba hubiera podido integrarse, el equipo seguramente resolvería los partidos antes de que el público empezara a dar síntomas de inquietud. Ponerse nervioso cuando aún se está jugando es una falta de respeto al entrenador y una muestra de desconfianza en figuras como Messi, Xavi y el resto de los internacionales del Barça. El Chelsea (1-0 al Stoke City, minuto 85), el Manchester (1-2 en Liverpool, de penalti en el minuto 81) o el Bayern de Munich (0-2, primer gol en casa del Schalke, minuto 55), también sufren para ganar. Porque ganar es tan difícil y exigente como jugar bien, y el Barça tendrá ahora la ocasión de comprobarlo en el campo del Sevilla y ante el Madrid en el Camp Nou. Más lamentable que añorar lo que ya no se tiene es que te pasen la mano por la cara rivales que practican un fútbol a años luz del Barça. Y evitarlo debe ser prioritario.

La Vanguardia